lunes, 28 de junio de 2010

Funes el memorioso


Funes el memorioso:

Memoria, olvido e historia
(Nihilismo y pragmatismo)







Bosquejo general


Nuestra intención es desensamblar las posibilidades interpretativas del cuento Funes el memorioso[1] desde una perspectiva filosófico-psicológica. En este análisis explicitaremos cada instancia semántica de la obra, accederemos a cada uno de los niveles referenciales en los que Borges urde la trama y las hipótesis filosóficas y psicológicas más plausibles.
Sin orden de prioridad ni de aparición, elegimos el siguiente decurso para estructurar nuestro trabajo monográfico:

· Una mirada de la Psicología como Ciencia en su análisis de la memoria;

· Una mirada filosófica desde Nietzsche y sus ideas acerca de la historia, el olvido, la memoria y el hombre moderno;

Introducción
Siendo conocedores del complejo arsenal borgeano, donde no sólo los géneros y las disciplinas se articulan, sino donde el plano del lenguaje, la ficción y la realidad son puestas al servicio de una trama, arribamos al interrogante por la historicidad del personaje.
Funes, Ireneo, fue un fedatario uruguayo (Mansavillaga, Florida, 1868- Fray Bentos, Rió Negro, 1889) al que se le deben minuciosas descripciones botánicas, en especial de los géneros Pasiflora y Artemisia. Además, Funes, inspirándose en Locke (Ensayo sobre el entendimiento humano[2]), proyectó un sistema taxonómico basado en la memoria, que su temprano muerte le impidió concluir.
Bien, dice el filósofo Betham “toda entidad ficticia mantiene alguna relación con alguna entidad real, y no puede entenderse sino en tanto se percibe esa relación, esto es, en tanto que se obtiene una concepción de esta relación”. Las entidades ficticias se clasifican de cuerdo con su grado de alejamiento de las entidades reales. Dentro de estos se encuentran los personajes de ficción en las creaciones artísticas. Quizá sea un tanto osado utilizar el microscopio de Hume sobre la literatura, pero tiene un sentido aquí.
¿Por qué no sabe pensar Funes? ¿Por qué pensar es olvidar? ¿Por qué no puede dormir? ¿Por qué está condenado a la hemiplejia? Funes científico, Funes peón, Funes cronometrista, Funes clasificador, Funes memorioso, Funes hiperreceptor, ¿cuáles son las relaciones que se establecen entre estas funciones y estos personajes?

Psicología de la memoria

Dilthey[3] sostiene que la psicología es una ciencia de la naturaleza y del espíritu, por lo tanto involucra el cuerpo como bios y el cerebro como órgano que tienen directa relación con los procesos mnémicos y, por supuesto, los aspectos propiamente psicológicos
Analizando la capacidad mnémica puede diferenciarse fases: la primera es la adquisición, luego el almacenamiento o conservación, después la evocación y por último el reconocimiento. El problema más complejo de la memoria es la etapa del almacenamiento, porque interviene luego en los aspectos neurológicos y psicológicos del individuo, de allí se dan algunos errores en la fijación para que el recuerdo se reestructure, por eso el narrador constantemente dice “creo” cuando evoca su recuerdo acerca de Funes (siempre creo o me parece). En este escrito el sinsentido de la memoria en Funes resulta dramático y paradójico; adelantándose a la época, Borges, como buen artista o creativo anticipador, descubre tensiones conceptuales que resolverá lo que hoy llamamos memoria significativa, surgida dentro de las corrientes cognitivas de la memoria que surgen en Estados Unidos después del año ’60. En realidad al escribir Borges en 1944 este texto toma en cuenta las teorías conductistas de la memoria donde era importantísimo la repetición y el esfuerzo para lograr la exactitud del recuerdo, aunque lo recordado no tuviera significado para el sujeto. Ejemplo: las reglas escolares. Por eso la repetición de Funes del diccionario no tiene significado ni sentido, no sería útil o práctico como diría James[4], el filósofo pragmatista. Lo que Bergson[5] va a llamar memoria-metódica. Recordemos que el padre del autor era profesor de Psicología: las capacidades psicológicas de aquella época eran las llamadas facultades del alma: la percepción, la memoria y la imaginación.
Según William James, puede tenerse memoria (recuerdo) sólo de ciertos estados de ánimo que han durado algún tiempo (estados que llaman “sustantivos”). La memoria es un “fenómeno consciente” en tanto que es conciencia de un estado de ánimo pasado que por un tiempo había desaparecido de la conciencia. No puede considerarse propiamente como “memoria” la persistencia de un estado de ánimo, sino sólo su re-aparición.
La memoria debe referirse al pasado de la persona que la posee; además, debe ir acompañada de un proceso emotivo de creencia. La memoria no es una facultad especial: no hay nada único, dice James “en el objeto de la memoria”. Este objeto es sólo un objeto imaginado en el pasado “al cual se adhiere la emoción de la creencia”. El ejercicio de la memoria presupone la retención del hecho recordado y su reminiscencia. La causa tanto de la retención como de la reminiscencia es la “ley del hábito” del sistema nervioso trabajando en la “asociación de ideas”.
En consecuencia, fue el primer psicólogo que se dio cuenta de que existen dos clases de memoria, cada una con funciones diferentes: la memoria a corto plazo o memoria primaria y memoria a largo plazo o secundaria. Además de la memoria sensorial que registra la información que llega del exterior durante un periodo de tiempo muy breve, uno o dos segundos. Transcurrido este tiempo se pierde si no es procesada por la memoria a largo plazo. Este tipo de memoria (la sensorial) funciona como una cámara fotográfica (capta todos los detalles como Funes) toma una instantánea de todas las cosas que se nos ofrecen a los sentidos en un momento dado.
Precisamente, la patología de Funes es la fusión de las dos clases de memoria: recibe y almacena en modo simultaneo, está tieso en la percepción sin fin, su aparato psíquico no desecha nada, no selecciona, no imprime luego en otro archivo los datos más fuertes y necesarios. Para Funes no hay evocación, ni ausencia, ni falta: el recuerdo no es recuerdo en sentido jamesiano, es presencia absoluta en todo momento de todos las percepciones recibidas. No hay filtro ni olvido ni freno. A Funes le era muy difícil dormir porque el recuerdo le impedía distraerse del mundo.
En varios cuentos de Borges la protagonista es la memoria. En La memoria de Shakespeare[6], dice: “A nadie le esta dado abarcar en un solo instante la plenitud de su pasado”. Luego agrega: “la memoria del hombre no es una suma, es un desorden de posibilidades infinitas. San Agustín, si no me engaño, habla de los palacios y las cavernas de la memoria”. Y agrega que lo que se entendía por facultades del alma en el medioevo agustiniano (la memoria, el entendimiento y la voluntad) “no son una ficción escolástica”.
Recordemos que San Agustín[7] nació en la Numidia, África del Norte, en el año 354 y murió en 430. Para él uno de los motivos que han dado origen a la Psicología es la memoria. Los hombres han querido reparar ese olvido de sí mismos. Para ello han elaborado una disciplina encargada del estudio de la vida psíquica. San Agustín llama memoria a la naturaleza fundamental de nuestra vida psíquica. Pues la memoria no es algo extraño a la conciencia, sino que es la misma conciencia en tanto funciona a través del tiempo, nuestra unidad como hombres, nuestra identidad, no es mucho más que memoria.
Memoria y olvido son entonces dos conceptos que se requieren mutuamente para validarse y definirse.

Nietzsche: olvido y memoria

Y a partir de esta dupla memoria y olvido pasamos a Nietzsche.
Imagina Nietzsche[8] que un hombre incapaz de olvidar “no creería ni siquiera en su propio ser”. Lo relacionamos con nuestro personaje que cada vez que se miraba al espejo se sorprendía al encontrar novedosa su propia cara. Tal hombre, (el incapaz de olvido) continúa Nietzsche, “acabaría por no atreverse a mover un dedo”. Coincide con la descripción de Borges: ”Exánime, paralizado por la abrumadora catarata de su memoria”, Funes “no se movía del catre”, pasaba las horas mirando “la higuera del fondo o una telaraña”.
Anegado de pasado presente, el hombre desprovisto de la facultad de olvidar con que Nietzsche ejemplifica el exceso moderno de estudios históricos, también “está condenado a ver en todas las cosas el devenir”. No casualmente Borges ubica a Funes el registro profético del Zaratustra[9]. La excesiva profusión de saberes exánimes referidos al pasado aparece de este modo desbordando la compuerta, que lleva injustificadamente a prejuzgar el porvenir mediante el artículo de la fe del progreso.
Aunque Nietzsche reconoce que los estudios históricos son imprescindibles por cuanto han contribuido enormemente a la comprensión del mundo, advierte asimismo que su excesivo predominio por sobre otras formas de conocimiento o de experiencia “perjudica al ser vivo y termina por anonadarlo, se trate de un hombre, de un pueblo o de una civilización”. Así como la memoria prodigiosa convierte a Funes prácticamente en un muerto en vida, Nietzsche señala que los estudios históricos que quedan reducidos a meros fenómenos de conocimiento están muertos para quien los estudia.
Pensar es olvidar, porque el proceso de abstracción, como el de inducción, (recordemos el método fenomenológico denominado epojé: poner entre paréntesis) se basa en la eliminación de los datos contingentes en resguardo de los datos constantes que son los que conforman los conceptos. Los dos proyectos de Funes (un método de numeración nominal y una clasificación completa de los recuerdos de su vida) denotan un afán de anticuario absoluto, pero ajeno a la tarea del pensar. Comparar particulares sensibles entre sí, comparar sensaciones entre sí, no tiene consecuencias intelectuales, no hay conclusiones racionales, solo hay archivo y más archivo organizado. Como dice Aristóteles en la Poética[10], la poesía (la tragedia y la épica) son más universales que la historia; Pericles es un particular, mientras que Edipo es un universal- a pesar de esto, no olvidemos el rigor que ha injertado en la raíz del pensamiento occidental Aristóteles y de la cual Funes es una consecuencia absurda y extrema: El aristotelismo tiene filo, gravita con el misticismo de la clasificación.[11]


Funes está privado de la posibilidad de pensar y también de la de sentir. Su anestesia y su inmovilidad –las de su hemiplejia– son las que aquejan al sujeto moderno ante el continuo desfile de iniquidades del pasado y del presente. “Tanto las grandes dichas como las pequeñas –señala Nietzsche- son siempre creadas por una cosa: el poder de olvidar o, para expresarme en el lenguaje de los sabios, la facultad de sentir”.
La memoria debe dar paso al olvido nos dice Nietzsche. Abrumado por la catarata de su memoria, Funes es incapaz de sentir lo irrepresentable: su memoria-vaciadero-de-basuras lo ha condenado al letargo y a la analgesia.
Funes encarna no sólo la fragmentación del conocimiento (y su imposibilidad de ser abarcado en forma reflexiva por un solo individuo) sino la figura del sujeto moderno como espectador, como público bombardeado sin prisa ni pausa no sólo por una plétora de estudios históricos sino también por un torrente informático que a menudo obstaculiza toda posibilidad de pensamiento reflexivo o constructivo o crítico.
Funes es afectado exclusivamente por el torrente perceptual de lo efímero y vacuo. Privado de olvido, sueño, pensamiento y distracción, su sopor personifica una contradicción primordial del individuo moderno, que es quien se cree en mejores condiciones para conocer el pasado – “Funes tiene más recuerdos que los que tuvieron todos los hombres desde que el mundo es mundo”–. Pero que al mismo tiempo se encuentra alejado de la posibilidad de modificar las condiciones de su entorno efectivo.
La inmovilidad y la anestesia son el precio que deben pagar por una memoria que se arroga “infalible”.

Conclusión

Gutiérrez[12] comenta, cerrando su libro, acerca de Utopía de un hombre que está cansado[13]:

Allí leemos también una reprobación irónica de la proliferación indigesta del saber. Un hombre del futuro, un habitante de la “llanura interminable”, (...) conversa con Eudoro Acebedo, un visitante del pasado que lleva el apellido materno de Borges. El narrador cuenta que el hombre del futuro sólo ha leído, en los cuatro siglos de su vida, media docena de libros, uno de los cuales era la Utopía de Thomas More. La imprenta ya había sido abolida[14] en ese porvenir incierto, porque los hombres comprendieron que era “uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar textos innecesarios”. Tampoco había ya museos y bibliotecas, porque querían olvidar el ayer, y porque cada cual debía “producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita”.
Esa es la utopía de Borges: un mundo de hombres que viven en la llanura con unos pocos libros, los indispensables, y que están entregados al pensamiento.

Funes es el sujeto recíproco de una civilización (plexo conceptual de la cultura) que ha anulado su capacidad de pensar y actuar: es una consecuencia del academicismo extremo, del cientificismo extremo, de la clasificación sin sentido ni objeto, sin producto. La memoria es la herramienta y el sustento del pensamiento y la vida, no su consumación y meta máxima, como sostiene el enciclopedismo moderno y las universidades contemporáneas.
Es momento de separar las herramientas, las condiciones de posibilidad, la sustancia y la forma del aparato psíquico: sólo así se distinguirá con razón cuáles son las exageraciones furtivas de los medios y las estructuras y cuáles las absurdidades de los contenidos acumulados en todos nuestro modos de almacenamiento. Sólo así prepararemos el campo para una producción artística, intelectual, psicológica y vivencial. Sólo así nos liberaremos de la hemiplejia del archivo, el índice y la colección ajenos a la inteligencia y la voluntad creativa.


Bibliografía



Aristóteles, Poética, Madrid, Espasa-Calpe, 1968.


Bollini, A., Crimen y castigo: el artículo binario y matar para ser, Buenos Aires, (sin publicar), 2008.


Borges, J.L., Obras completas, Bs. As., Emecé, 2007.


Borges, J. L., “Utopía de un hombre que está cansado” en El libro de arena, Buenos Aires, Emecé, 2005.


Enciclopedia Clarín, Buenos Aires, Arte Gráfico Rioplatense (AGR), 1999.


Ferrater Mora, J., Diccionario de Filosofía, Tomo A-D, Barcelona, Editorial Ariel, 1999.


Gutiérrez, E., Borges y los senderos de la filosofía, Buenos Aires, Las cuarenta, 2009.


James, W., Pragmatismo, Buenos Aires, Aguilar, 1975.


Nietzsche, F., De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida, Buenos Aires, Editorial Bajel, 1945.


Nietzsche, F., Así habló Zarathustra, Barcelona, Biblioteca los Grandes Pensadores, 2004.


Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, Buenos Aires, Aguilar, 1951.


San Agustín, Confesiones, Madrid, Espasa-Calpe, 1968.
Notas

[1] Borges, J.L., Ficciones, en “Obras completas”, Tomo I, Bs. As., Emecé, 2007.
[2] Enciclopedia Clarín, Buenos Aires, Arte Gráfico Rioplatense (AGR), 1999.
[3] Ferrater Mora, J., Diccionario de Filosofía, Tomo A-D, Barcelona, Editorial Ariel, 1999.
[4] James, W., Pragmatismo, Buenos Aires, Aguilar, 1975.
[5] Ferrater Mora, J., Diccionario de Filosofía, Tomo A-D, Barcelona, Editorial Ariel, 1999.
[6] Borges, J.L, La memoria de Shakespeare, en “Obras completas”, Tomo IV, Bs. As., Emecé, 2007.
[7] San Agustín, Confesiones, Madrid, Espasa-Calpe, 1968.
[8] Nietzsche, F., De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida, Buenos Aires, Editorial Bajel, 1945.
[9] El super-hombre tiene como carácter esencial el hecho de olvidar. Borges se ríe al postular y luego refutar a Funes como super-hombre. Nietzsche, F., Así habló Zarathustra, Barcelona, Biblioteca los Grandes Pensadores, 2004.
[10] Aristóteles, Poética, Madrid, Espasa-Calpe, 1968.
[11] Bollini, A., Crimen y castigo: el artículo binario y matar para ser, Buenos Aires, (sin publicar), 2008.
[12] Gutiérrez, E., Borges y los senderos de la filosofía, Buenos Aires, Las cuarenta, 2009.
[13] Borges, J. L., “Utopía de un hombre que está cansado” en El libro de arena, Buenos Aires, Emecé, 2005.
[14] “Los alemanes han inventado la pólvora - ¡enhorabuena! -, pero luego se han desquitado inventando la imprenta”. Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, Buenos Aires, Aguilar, 1951.

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